viernes, 20 de abril de 2018

I love




      -Me gustan mis pesadillas...

                                                ...dan sentido a mi realidad...



Taylor  (Billions- Serie de Netflix)

viernes, 6 de abril de 2018

Los pañuelos rojos ocultan los morados. (Albert Espinosa)





Erika Khun (Ilustradora)


Y es que cuando me enfado pierdo el control; es como si algo en mi se activara y no se pudiera desactivar si no digo todo lo que pienso.
Me activan las injusticias, el dolor ajeno, el dolor propio, las humillaciones y la incomprensión.
Y cuando me activo, mis ojos adquieren una intensidad que parece que sea capaz de cometer una auténtica locura. Mis palabras suben uno o dos tonos y siento que no me tranquilizo hasta sacarlo todo.
No consigo casi nunca mi objetivo cuando estoy en ese estado, pero al menos me desfogo.
Sé que lo podría corregir, pero creo que forma parte de mi carácter y me equilibra.

Albert Espinosa
Si tú me dices ven lo dejo todo...pero dime ven.



                                                                                                    ¿Me leerá el pensamiento?

jueves, 15 de febrero de 2018

Mundos opuestos.




-¿Sabes? A veces tengo la sensación de que vivimos en un mundo inventado por nosotros mismos. Establecemos lo que está bien y lo que no, dibujamos mapas de significados...y después nos pasamos toda la vida luchando contra lo que hemos concebido. El problema es que cada uno de nosotros tiene su versión particular, y por eso le cuesta tanto a la gente llegar a un acuerdo.

(pág.196)

Sobre los huesos de los muertos.
Olga Tokarczuk

jueves, 8 de febrero de 2018

Cierra los ojos



-A veces hay que mantenerse un tiempo alejado del mundo para poder permanecer en él.

(Pag.95)

La Víspera de casi todo.
Víctor del Árbol.

viernes, 19 de enero de 2018

Cicatrices



-Algún día vas a tener que aprender a morirte de verdad y no a medias Daniel.
Resignado, pero con un oculto placer, Daniel le dio una larga calada al canuto.
-¿Y por qué no podemos aprender a vivir?
Martina soltó una risita.
-Porque para eso hay que tener narices.


(Pág.105)
La víspera de casi todo.
Víctor del Árbol.

domingo, 14 de enero de 2018

...las personas deberían morirse en su momento justo...(Elvira Lindo)


Las personas deberían morirse de tal manera que en su adiós no hubiera más que la pena de perderlas, y no la impaciencia, como se acaba sintiendo muchas veces aunque las personas no estén dispuestas, como yo lo estoy, a reconocerlo.

(Pág. 137)
Una Palabra Tuya
Elvira Lindo
Seix Barral



lunes, 30 de octubre de 2017

Los besos en el pan.



Así, los niños de entonces aprendimos a no preguntar, aunque a los españoles de hoy no les gusta recordarlo. Tampoco acordarse de que vivían en un país pobre, aunque eso no era ninguna novedad. Los españoles siempre hemos sido pobres, incluso en la época en que los reyes de España eran los amos del mundo, cuando el oro de América atravesaba la península sin dejar a su paso nada más que el polvo que levantaban las carretas que lo llevaban a Flandes, para pagar las deudas de la Corona. En el Madrid de mediados del siglo XX, donde un abrigo era un lujo que no estaba al alcance de las muchachas de servicio ni de los jornaleros que paseaban por las calles para hacer tiempo, mientras esperaban la hora de subirse al tren que los llevaría muy lejos, a la vendimia francesa o a una fábrica alemana, la pobreza seguía siendo un destino familiar, la única herencia que muchos padres podían legar a sus hijos. Y sin embargo, en ese patrimonio había algo más, una riqueza que los españoles de hoy hemos perdido.

Por eso los mayores tienen menos miedo. Ellos hacen memoria de su juventud y lo recuerdan todo, el frío, los mutilados que pedían limosna por la calle, los silencios, el nerviosismo que se apoderaba de sus padres si se cruzaban por la acera con un policía, y una vieja costumbre ya olvidada, que no supieron o no quisieron transmitir a sus hijos. Cuando se caía un trozo de pan al suelo, los adultos obligaban a los niños a recogerlo y a darle un beso antes de devolverlo a la panera, tanta hambre habían pasado sus familias en aquellos años en los que murieron todas esas personas queridas cuyas historias nadie quiso contarles.

Los niños que aprendimos a besar el pan hacemos memoria de nuestra infancia y recordamos la herencia de un hambre desconocida ya para nosotros, esas tortillas francesas tan asquerosas que hacían nuestras abuelas para no desperdiciar el huevo batido que sobraba de rebozar el pescado. Pero no recordamos la tristeza.

La rabia sí, las mandíbulas apretadas, como talladas en piedra, de algunos hombres, algunas mujeres que en una sola vida habían acumulado desgracias suficientes como para hundirse seis veces, y que sin embargo seguían de pie. Porque en España, hasta hace treinta años, los hijos heredaban la pobreza, pero también la dignidad de sus padres, una manera de ser pobres sin sentirse humillados, sin dejar de ser dignos ni de luchar por el futuro. Vivían en un país donde la pobreza no era un motivo para avergonzarse, mucho menos para darse por vencido.  Ni si quiera Franco, en los treinta y siete años de feroz dictadura que cosechó la maldita guerra que él mismo empezó, logró evitar que sus enemigos prosperaran en condiciones atroces, que se enamoraran, que tuvieran hijos, que fueran felices. No hace tanto tiempo, en este mismo barrio, la felicidad era también una manera de resistir.

Después, alguien nos dijo que había que olvidar, que el futuro consistía en olvidar todo lo que había ocurrido. Que para construir la democracia era imprescindible mirar hacia delante, hacer como que aquí nunca había pasado nada. Y al olvidar lo malo, los españoles olvidamos también lo bueno. No parecía importante porque, de repente, éramos guapos, éramos modernos, estábamos de moda...¿Para qué recordar la guerra, el hambre, centenares de miles de muertos, tanta miseria?

Así, renegando de las mujeres sin abrigo, de las maletas de cartón, y de los besos en el pan, los vecinos de este barrio, que es distinto pero semejante a muchos otros barrios de cualquier ciudad de España, perdieron los vínculos con su propia tradición, las referencias que ahora podrían ayudarles a superar la nueva pobreza que los ha asaltado por sorpresa, desde el corazón de esa Europa que les iba a hacer tan ricos y les ha arrebatado un tesoro que no puede comprarse con dinero.

Así, los vecinos de este barrio, más que arruinados, se encuentran perdidos, abismados en una confusión paralizante e inerme, desorientados como un niño mimado al que le han quitado sus juguetes y no sabe protestar, reclamar lo que era suyo, denunciar el robo, detener a los ladrones.

Si nuestros abuelos nos vieran, se morirían primero de risa, después de pena. Porque para ellos esto no sería una crisis, sino un leve contratiempo. Pero los españoles, que durante muchos siglos supimos ser pobres con dignidad, nunca habíamos sabido ser dóciles.

Nunca, hasta ahora.

Los besos en el pan. Almudena Grandes